Gestión de emociones

Memento mori.

Memento mori.

Breve origen del término y significado.

Memento mori, una frase latina que resuena con profundidad nos invita a reflexionar sobre nuestra propia mortalidad. Su significado literal es “Recuerda que morirás”. Aunque puede parecer sombría, esta expresión encierra una atemporal.

En la antigua Roma, memento mori tenía un propósito práctico. Cuando un general victorioso desfilaba por las calles, un siervo le susurraba al oído: “Respice post te! Hominem te esse memento!” (“¡Mira tras de ti! Recuerda que eres un hombre”). Esta advertencia humilde recordaba al líder su fragilidad y limitaciones, sabiduría que procuraba evitar que cayera en la arrogancia y se creyera invulnerable.

Los estoicos, como Séneca, (4 a.C. – 65 d.C.), filósofo griego de origen cordobés, España, quien propició el crecimiento del estoicismo; enseñaban la virtud de mantener la muerte en mente. Al meditar sobre la inevitabilidad de la muerte, y así uno puede vivir plenamente en el momento presente.

En el arte y la literatura, memento mori se convirtió en un tópico recurrente. Las pinturas de bodegones, conocidas como “vanitas”, representaban la fugacidad de la vida. Cráneos, flores marchitas, relojes de arena y otros símbolos recordaban la inevitable decadencia de lo material.

Memento mori en el presente.

Hay pensamientos, conocimientos y virtudes que prevalecen en el tiempo; el ser humano en varios milenios ya transcurridos ha cambiado poco desde el punto vista evolutivo, a nivel cerebral, en esencia seguimos siendo los mismos. Por ejemplo, el memento mori, como lo vimos al inicio, tiene algunos milenios de existir como un concepto de vida, y sigue tan vigente como entonces. Lo que si ha cambiado dramáticamente es el estilo de vida, y sobre todo en las últimas cuatro o cinco décadas. La irrupción abrupta de los cambios permanentes en la tecnología nos está llevando por un terreno de consecuencias hasta ahora desconocidas. Los cambios vividos por el ser humano antes de la revolución del conocimiento, siempre con sus temores ante lo nuevo, logró sobrellevar el cambio, ya que éste siempre afectó mayoritariamente nuestra vida exterior. No es sino hasta ahora, con las incursiones de las nuevas tecnologías que nos estamos viendo afectados en nuestro ser interior, todavía, sin la conciencia de que ello ocurre.

La vida se ha vuelto un continuo acelerón, no solo en lo laboral, sino en todos los ámbitos, y eso nos está enfermando en serio, sin que nos percatemos de ello. Estamos viviendo de una manera tal como si nunca nos moriremos, donde la procrastinación se ha vuelto una constante, dejar muchas decisiones importantes para después es lo que prima.

¿Después?, no hay “después”, porque después el café se enfría, el interés se pierde, después el día se vuelve noche, el amor se acaba, la gente crece, después la gente se envejece, después la vida se termina; y uno después se arrepiente por no haberlo hacho antes cuando tuvo la oportunidad. Ese es el resultado de la procrastinación.

No dejar para después el hacer ejercicio, que tanto bien nos haría, no dejar para después modificar hábitos alimentarios, ya que la mala alimentación nos lleva por caminos que luego puede ser muy costoso devolverse, hacer ese viaje con la familia, dentro o fuera del país, no dejarlo para luego, estudiar eso que siempre hemos querido y no hemos podido por falta de tiempo, y así pasamos la vida, procrastinando, dejando lo importante para después.

No se trata de una apología sobre la muerte, que igualmente no tendría ningún inconveniente si así fuera, sino de un acercamiento, primero a vencer ese miedo que nos han inculcado de muchas maneras, de que la muerte es algo temible. Aquí me acerco a Epicuro, (341 al 270 a.C), filósofo griego, fundador del epicureísmo, que propuso que el sentido de la vida es disfrutar del placer, o sea, vivir desde el hedonismo puro, el placer de los sentidos; quien, en una de sus cartas a Meneceo, sobre el miedo a la muerte, decía: “la muerte no debería ser motivo de preocupación, ya que mientras vivimos, no experimentamos su presencia”.

Ciertamente no debe ser un asunto de temerle a la muerte, pero sí de tener la claridad de conciencia de que vamos a morir, y eso debe ser un motivante para vivir consciente cada momento presente como si fuera el último.

Cierto es que nuestro paso por este planeta mientras vivimos, es un instante, en el que, si no hacemos la pausa para preguntarnos lo que siempre han hecho los grandes pensadores de muchas de las civilizaciones anteriores, ¿para qué la vida?, seguiremos actuando de espaldas a la realidad, de que vamos a morir; este simple cuestionamiento, que no ha resultado ser tan simple, ya que pocos, muy pocos se lo han hecho y se lo hacen hoy, excepto los grandes filósofos, a pesar de ser tan trascendental, ya que el hecho de buscar una respuesta puede ser el punto de inflexión para apreciar en toda su magnitud de que es el presente lo único que cuenta, y que el futuro no es más que la suma de todos los momentos presentes, o sea, el futuro como tal lo creamos con lo que hacemos con nuestro presente. Y si ese presente lo vivimos en soledad, angustiados, estresados, donde la vida transcurre de una manera muy predecible, nos levantamos por las mañanas, cargando una pesada mochila de paradigmas, hábitos y creencias ya sea instaurados por nuestros educadores en la infancia, llámense padre, madre, familia, personas cercanas en el círculo de influencia, o las que nosotros mismos instalamos. Además, vivimos como en un ritual mañanero, el que hacemos en automático, vamos al trabajo de igual manera, donde sabemos que casi todo será igual que ayer, y que mañana. Si a este panorama le agregamos que la vanidad, la arrogancia, la búsqueda incesante de la fuente de la eterna juventud, tema histórico también, en lo que las personas gastan fortunas tratando de aparentar que los años no pasan, la “necesidad” de tener esos cinco minutos de fama, donde la vida se ha convertido en una puesta en escena permanente, nos puede llevar a la reflexión de que la vida parece un absurdo.

Trabajar es lo que prevalece casi que de manera permanente, hasta la fecha no se ha conocido a nadie que en su lecho de muerte haya manifestado que le gustaría tener más vida para trabajar más; al contrario, manifiestan arrepentimiento tardío de haber dejado de hacer lo importante, como más atención y horas compartidas con los amigos, más tiempo para la familia, ser parte activa del crecimiento de los hijos,  más ocio,  hacer más lo que nos gusta y nos hace felices, y desde luego menos trabajo y urgencias que  como lo vivimos hoy, suman poco o nada a la vida buena.

En su momento Albert Camus, (1913-1960), filósofo francés, se le conocía como el filósofo del pensamiento sobre la absurdidad, Camus define el absurdo como la brecha entre la búsqueda de significado por parte de los seres humanos y la completa indiferencia del universo ante esta cuestión.

El mito de Sísifo.

Según la mitología griega, Sísifo, (también conocido como Prometeo) fue castigado por Zeus por robar el fuego de los dioses y dárselo a los hombres.

Su castigo eterno consistía en empujar una enorme piedra cuesta arriba hasta la cima de una montaña, solo para verla caer y tener que comenzar de nuevo.

Camus utiliza este mito para mostrar la futilidad y vacuidad de la vida humana, basada en ciclos repetitivos (comer, dormir, trabajar).

Sin embargo, Camus propone buscar reconciliarse con la vida a través de la aceptación del absurdo, dado que es una situación que yo no puedo cambiar, pero que sí puedo aprender a vivir cada día con mi mejor versión. Eso también es una cualidad de un signo fuerte de resiliencia, además de ser también parte del pensamiento de los estoicos de la antigua Grecia.

Con el desarrollo del autoconocimiento y mejor gobernanza de mi vida, puedo darle un sentido diferente a la aparente absurdidad de hacer siempre lo mismo, como Sísifo, solo esperando las recompensas muy pasajeras que nos brinda el hedonismo, que es válido, pero no suficiente.

En otras palabras, según el pensamiento absurdista de Camus, la vida humana carece de trascendencia en el vasto universo que nos rodea.

Con la conciencia clara de que vamos a morir, y que los bienes materiales por los que tanto luchamos, no pueden ser la única respuesta a nuestra pregunta de ¿para qué la vida?, saber que somos finitos, aceptarlo como algo que no puedo variar, realmente nos puede dar una perspectiva muy diferente para gestionar diariamente la vida buena, la vida que yo quiero en ese instante de tiempo en que transcurrimos.

Así, memento mori nos invita a vivir conscientemente, apreciando cada momento y reconociendo nuestra finitud. No es un recordatorio macabro, sino una invitación a la autenticidad y la gratitud, al altruismo y la colaboración.  En nuestras vidas apresuradas, quizás deberíamos detenernos y reflexionar: ¿cómo queremos vivir antes de que llegue nuestro inevitable final?, ¿cuál es la vida que yo quiero?, y el inevitable, ¿para qué la vida?

Así nos alejamos del absurdismo y podremos vivir un presente lleno de significado.

Atrévase a ser feliz.

Liderazgo y la inteligencia emocional.
La vida buena con los amigos